El plan de los neoconservadores de transformar Oriente Próximo y Asia Central en clientes sumisos del imperio de EEUU y de la única democracia existente en Oriente Próximo, se enfrenta ahora a un planteamiento del juego muy diferente. No sólo se han empantanado las guerras contra los palestinos, los afganos y los iraquíes, sino que el citado plan ha provocado que todos los actores regionales hayan iniciado la adopción de medidas no previstas.

El imperio se enfrenta a un resurgimiento de Turquía, país heredero de los otomanos, que gobernaron un Oriente Próximo generalmente pacífico durante medio milenio. Como parte de la dinámica iniciativa diplomática adoptada por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), Turquía ha restablecido la tradición del califato y el año pasado suprimió el visado con Albania, Jordania, Líbano, Libia y Siria. En febrero, el ministro turco de Cultura y Turismo, Ertugrul Gunay, ofreció idéntico trato a Egipto. Hay “un gran plan de crear una nueva unión del Oriente Próximo como un equivalente regional de la Unión Europea” con Turquía, recién salida de un referéndum constitucional rotundamente ganado por el AKP, escribe Israel Shamir.
 
Turquía también ha establecido una asociación estratégica con Rusia durante los últimos dos años, con un régimen sin visados y ambiciosos planes comerciales y de inversión (denominados en rublos y liras), que incluyen la construcción de nuevos gasoductos e instalaciones de energía nuclear.
 
Al igual que Turquía es heredero de los otomanos, Rusia es heredero de los bizantinos, que gobernaron una gran parte de Oriente Próximo de manera pacífica durante cerca de un milenio antes de los turcos. Juntos, Rusia y Turquía tienen una justificación mucho mayor como hegemones de Oriente Próximo que los usurpadores británico-estadounidenses del siglo XX, y ya están haciendo algo al respecto.
 
En una deliciosa ironía, las invasiones de EEUU e Israel en Oriente Próximo y Eurasia no han intimidado a los países afectados, pero sí en cambio los han incitado a cooperar para crear las bases de un nuevo alineamiento de fuerzas del que formen parte Rusia, Turquía, Siria e Irán.
 
Siria, Turquía e Irán están unidos no sólo por la tradición, la fe y la resistencia a los planes de Estados Unidos e Israel, sino también por la necesidad común de luchar contra los separatistas kurdos, que están apoyados por EEUU e Israel. La cooperación económica entre los tres está creciendo a pasos agigantados. Al agregar Rusia al grupo, tenemos una importante fuerza regional de ideas afines, que engloba todo el espectro sociopolítico, sumando musulmanes sunitas y chiítas, cristianos, incluso judíos a las tradiciones seculares.
 
Se trata de una lógica geopolítica regional natural, a diferencia de la artificial impuesta en los últimos 150 años por los imperios británico y estadounidense. Al igual que los cruzados llegaron para causar estragos hace un milenio, obligando a los locales a unirse para expulsar a los invasores, los cruzados de hoy han puesto en marcha las fuerzas que llevarán a su propia desaparición.
 
El audaz paso dado por Turquía con Brasil para distender el enfrentamiento occidental con Irán atrajo la atención del mundo en mayo pasado. Su desafío a Israel tras el ataque israelí contra la Flotilla de la Paz que intentaba romper el cerco de Gaza, en junio, lo convirtió en el niño mimado del mundo árabe.
 
Rusia hace su propia contribución, menos espectacular, a estos temas más candentes de hoy en el Oriente Próximo. Hay problemas en Rusia. Su economía y fuerzas armadas, debilitados, frenan cualquier iniciativa que pudiera provocar a la superpotencia mundial. Sus elites están divididas sobre hasta qué punto puede llevar la búsqueda de acomodo con EEUU. Las tragedias de Afganistán y Chechenia y los temores derivados del estancamiento en la mayoría de los estáns siguen afectando a las relaciones de Rusia con el Oriente Próximo musulmán.
 
Desde la salida de las fuerzas soviéticas de Egipto en 1972, Rusia no ha tenido oficialmente una presencia fuerte en Oriente Próximo. A partir de mediados de la década de 1980, contempló cómo cerca de un millón de rusos emigraban a Israel, quienes, al igual que todos los inmigrantes en cualquier otra parte, deseosos de demostrar su adhesión al país, están globalmente en contra de renunciar a ceder territorios para cualquier solución basada en dos Estados para Palestina. Como Anatol Sharansky dijo en broma a Bill Clinton, después de haber emigrado: “Yo vengo de uno de los países más grandes del mundo a uno de los más pequeños. ¿Quieres que me corte en dos? No, gracias.” Rusia tiene ahora su propio y bien financiado lobby israelí; muchos rusos tienen la doble nacionalidad israelí y disfrutan de un régimen sin visados con Israel.
 
Luego está la posición ambigua de Rusia en el enfrentamiento entre Occidente e Irán. Rusia coopera con Irán en materia de energía nuclear, pero tiene dudas sobre las intenciones nucleares de Irán, y apoya las sanciones del Consejo de Seguridad, a la vez ha cancelado el pedido de misiles S-300 que firmó con Irán en 2005. También está aumentando su apoyo a los esfuerzos de EEUU en Afganistán. Muchos comentaristas concluyen que éstos son signos de que los dirigentes rusos en la actual presidencia de Dmitri Medvedev son partidarios de ceder ante Washington, dando marcha atrás en la política más antimperialista de Putin. “Han demostrado que no son de fiar”, ha criticado el ministro de Defensa iraní, Ahmad Vahidi.
 
Rusia está dubitativa respecto a este difícil dilema. También se ha alineado, hasta ahora, con EEUU y la UE, al negarse a incluir a Turquía y Brasil en las negociaciones sobre el programa nuclear de Irán. “Los países no alineados en general, e Irán en particular, han interpretado el voto de Rusia como la voluntad por parte de una gran potencia de evitar que las potencias emergentes alcancen la independencia energética que necesitan para su desarrollo económico. Y será difícil hacerles olvidar este paso en falso de Rusia,” afirma Thierry Meyssan en el sitio Internet voltairenet.org.
 
Cualquiera que sea la verdad, la cooperación con Irán y ahora con Turquía, Siria y Egipto en el desarrollo de la energía nuclear con fines pacíficos, y el reciente acuerdo para vender a Siria misiles de crucero avanzados P-800 demuestran que Rusia no es el juguete de EEUU e Israel en Oriente Próximo. Israel está furioso por la venta de misiles a Siria, y la semana pasada amenazó con vender “armas estratégicas capaces de desequilibrar la balanza” a “zonas de importancia estratégica” para Rusia, como represalia. Tanto en Irán como en Siria, las acciones de Rusia sugieren que está tratando de calmar situaciones inestables que podrían ser explosivas.
 
Hay otras razones para ver a Rusia como un posible árbitro en Oriente Próximo. Los millones de judíos de Rusia que emigraron a Israel no son necesariamente un talón de Aquiles tipo Lieberman para Rusia. Un tercio de ellos sufren el desprecio de no ser suficientemente kosher, y podrían llegar a ser un problema grave para un Estado basado únicamente en la pureza racial. Muchos han regresado a Rusia o se las han arreglado para emigrar a tierras mejores. En estos momentos, destacados políticos de derecha como Moshe Arens, patrón político del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, están considerando la posibilidad de una solución basada en un único Estado. Tal vez sea de estos inmigrantes rusos de donde surja un Frederik de Klerk que de paso a una nueva versión del desmantelamiento del apartheid sudafricano.
 
Rusia tiene otra llave interesante de la paz en el Oriente Próximo. El sionismo desde el principio fue un movimiento laico y socialista al que se oponían firmemente los judíos conservadores, una situación que continúa hoy a pesar de la defección de muchos por engatusamiento de políticos de la talla de Ben Gurion y Netanyahu. Al igual que los palestinos, los auténticos judíos de la Torah no reconocen el Estado judío.
 
¡Pero, cuidado! Hay un estado judío legítimo, un estado laico establecido en 1928 en Birobidzhan, Rusia, con arreglo a la política soviética hacia las nacionalidades. No hay nada que impida a toda la población de judíos de Israel, ortodoxos y laicos por igual, dirigirse a esta patria judía, bendecida con abundantes materias primas. Según las palabras de Golda Meir: “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”. Se renovó el estatuto tras la caída de la Unión Soviética, y el presidente ruso, Dmitri Medvedev, realizó una visita sin precedentes este verano, la primera de un líder ruso (o soviético), durante la cual señaló el fuerte apoyo del Estado ruso a una patria judía en la que el yiddish, el idioma secular de los judíos europeos (no el sagrado hebreo), es la lengua del Estado.
 
No ha habido una mano mágica que haya guiado a Turquía y Rusia a la creación de este eje de una nueva formación política. Más bien es la resistencia del Islam frente a la arremetida occidental, además de –sorprendentemente– una página de la historia de la autodeterminación nacional y laica en la Unión Soviética. Como le dijeron al presidente turco Abdullah Gul en la Cumbre de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, en la sede de las Naciones Unidas, la semana pasada, Turquía, que una vez fue “el enfermo de Europa” es ahora “el único hombre sano de Europa”, colocándolo junto con Rusia y los amigos de Irán y Siria frente a la tarea de ordenar el caos creado por el imperio británico y su “democrática” descendencia: EEUU e Israel.
 
Si bien los estrategas de EEUU e Israel siguen elaborando planes insensatos para invadir Irán, los líderes rusos y turcos se proponen aumentar el comercio y el desarrollo en el Oriente Próximo, incluida la energía nuclear. Desde el punto de vista de esta región, la intención de Rusia de construir plantas energéticas en Irán, Turquía, Siria y Egipto muestra un deseo de contribuir a acelerar el desarrollo económico que los occidentales han negado al Oriente Próximo –con excepción de Israel– por tanto tiempo. Y aquí se incluye Líbano, donde Stroitransgaz y Gazprom transportarán gas de Siria hasta que Beirut pueda superar los obstáculos impuestos por Israel a la explotación de sus grandes reservas en alta mar.

Rusia a su manera, al igual que su aliado Turquía, se ha colocado como intermediario en los problemas más urgentes a que se enfrenta Oriente Próximo: Palestina e Irán. “La paz en Oriente Próximo es la clave para un futuro pacífico y estable en el mundo”, dijo Gul en la ONU, con ocasión de la Cumbre de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Ahora, el mundo observa si estos esfuerzos conseguirán dar frutos.

http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=1615

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